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El hombre en busca de armonía

Por: Cuauhtli Arau

Psicoterapeuta y Consultor de Desarrollo Humano


El término “inteligencia” no se refiere sólo a lo que sabes, sino también a cómo manejas lo que sientes.

La inteligencia emocional (IE) es un término popularizado por el psicólogo Daniel Goleman, en el libro del mismo título. Éste causó gran impacto al demostrar que, así como existe el coeficiente intelectual (IQ), también existe una inteligencia que tiene que ver con nuestras habilidades sociales y afectivas. Este autor la define como “la capacidad para reconocer sentimientos en sí mismo y en otros, siendo hábil para manejarlos”.

Muchísimas personas son incapaces de reconocer sus propios sentimientos y emociones, no se diga los de los demás. Nuestra educación nos ha entrenado, como hombres, a reprimir nuestras emociones y, como mujeres, a exaltarlas, sin que esto tenga un sentido que añada algo a nuestras vidas. Ser hombres y no llorar, termina por hacer parca nuestra vida, sin motivo alguno. Ser mujer y ser sensible termina por convertir nuestra vida en una tragedia, en un gran drama.


Lo que nadie nos explicó es que las emociones, tanto las positivas (agradables), como las negativas (desagradables), son inteligentes. El asunto es comprender su lenguaje, su código, y para esto debemos comprender primero la naturaleza de la experiencia humana.


Aprendimos que la vida es una secuencia de eventos que inician al nacer y terminan al morir, lo cual es erróneo. La realidad es que la vida abarca dos secuencias de eventos, paralelas y simultáneas, que inician al nacer y terminan al morir. Estas secuencias ocurren al mismo tiempo, y por eso es que podemos confundirlas e imaginar que son una sola. La primera se refiere a eventos externos: las circunstancias, las demás personas, las pertenencias, el clima, la sociedad, la economía… ¡El mundo! La segunda secuencia es la vivencia interna que tengo de esos eventos: pensamientos, sentimientos, intuiciones, sensaciones, percepciones… ¡tu mundo interior!

Toda emoción, sin importar si es agradable o desagradable, nos invita a actuar. Por eso, este término viene del latín emotio, que significa “movimiento o impulso”. Esta acción, a la que nos vemos motivados, puede suceder en cualquiera de las dos secuencias o mundos, puesto que su finalidad es lograr la armonía entre un universo y el otro.



Lo que hay detrás del disgusto.


Veamos el enojo como ejemplo. Primero, hay que reconocer que todas las personas nos enojamos de vez en cuando, y que aprendimos suposiciones erróneas de nuestros padres y de nuestra cultura, tales como: "El que se enoja pierde," "te hacen enojar", "si ya te enojaste, ya se arruinó tu día”, entre otras.


Estas creencias son verdades a medias, ya que existen momentos tontos para enojarse en los que, efectivamente, vas a perder más con dicha reacción que si logras mantener la calma. Enojarse porque hay un embotellamiento, o porque el clima no está como lo quisieras no sirve de nada y causa una gran frustración.


Sin embargo, hay dos situaciones en las que enojarse es correcto y ganamos más de lo que significa el desgaste del enojo en sí: cuando tenemos que poner un límite y cuando defendemos nuestra vida o la integridad de nuestros seres queridos.


Por otro lado, nadie “te hace enojar"; lo que sucede es que tienes una programación mental que permite que, si los demás generan cierta circunstancia, te enojes, pero, aún así, esto es una verdad a medias. Finalmente, eso de que “si te enojas, ya se te arruinó el día” es verdad mientras no hayas comprendido que enojarnos es una invitación a actuar y que, una vez que resolvamos este enojo, podremos seguir disfrutando de nuestro día.


Entonces, ¿cómo resolver un enojo? ¿cuál es su finalidad?, ¿qué acción está promoviendo con su presencia?. Para responder estas preguntas hay que tener claro que todo enojo tiene una misma causa común: una regla personal se rompió.



“Las emociones, tanto las positivas (agradables), como las negativas (desagradables), son inteligentes.”

Imagina que en el interior de tu mente hay una serie de reglas personales que has ido registrando desde tu más tierna infancia hasta la fecha, como: “no me gusta que me digan gordo, flojo o mandilón”, “tal cajón es mío, y nadie debe abrirlo”, “los autos deben circular a buena velocidad”, entre otras. Muchas de estas normas las adquiriste de tus papás, otras son creaciones tuyas pero, invariablemente, están presentes en todo momento de tu vida. Cada vez que una de estas reglas personales se rompe, se detona el enojo. La finalidad de esta reacción es que hagas algo para restaurar la armonía entre tu regla personal y la circunstancia que la está quebrantado. Si está en nuestras manos, este enojo nos pide que nos aseguremos de que la regla no se vuelva a romper. Esto puede significar que hablemos con algunas personas, que pongamos un candado a nuestro cajón personal o que busquemos una ruta con menor tránsito de vehículos.


Pero cuando no podemos hacer nada para asegurarnos de que la regla no se rompa, entonces a lo que este enojo nos invita es a cambiar la regla en sí, es decir, a modificar nuestro mundo interior, ya que de esta forma no experimentaremos enojo por una situación similar. Así, las emociones son un sistema inteligente que nos invita constantemente a mejorar nuestras circunstancias externas e internas, con la finalidad de vivir más armoniosamente.


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